Se alza el Sol
sobre la cueva del subconsciente, sobre la irracionalidad, esa que
más de una vez nos ha salvado, ante el espejo cóncavo y despiadado,
del suicidio. Lloro ante ese esperpento antihéroe, impúdico y
sincero, buscando una mueca de compasión, febril y poco lúcida,
víctima de mi delirio. Y al afirmar los últimos resquicios de
sadismo sin ventanas por donde escapar, me sumerjo en la inmensidad
del absurdo, en esa compasión tantas veces deseada, la manera más
funesta de evadirse, de excusarse de la realidad. Pese a esa lacra,
el tiempo fluye y no cesa de dejarnos huella, y me reescribo con el
mismo odio que, después de la permuta, desgarra tu cuerpo despojando
cualquier indicio de alma, al darte cuenta que nada, con o sin
esfuerzo, ha cambiado. En ese momento la imaginación llega a su
máximo exponente, siendo capaz de tocar lo intocable, de terminar
con lo interminable, de empuñar el arte y cometer el crimen que
muchos desean, y pocos se atreven: de amar a la muerte; no de aspecto
lúgubre o tenebroso, sino como el haz de luz que te ilumina el
camino y te guía por la madurez hasta descubrir Nunca Jamás.
Surrealista,me encanta=)
ResponderEliminarSe cierne el sol sobre las cabezas huecas de los hombres huecos.